¿Donde sera el 5to MAB?

Mar Oct 19, 2010 8:33 pm por Bimago

Estamos a menos de una semana para el inicio del Budokai, la mayoría se encuentra emocionado por participar, lo cual me alegra. Ahora, necesito sus opiniones sobre dónde realizar la competencia.



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Perfil psicológico de un personaje. Batman (3): Madurez

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Perfil psicológico de un personaje. Batman (3): Madurez

Mensaje por Neoverso Comics el Sáb Ago 23, 2008 10:44 am

Los primeros tiempos para Bruce Wayne bajo la máscara de Batman fueron extremadamente duros. Poseía la preparación, la voluntad, el deseo y los recursos, todo menos una oportunidad. En su fuero interior aún era un niño ingenuo que se creía con el poder de cambiar el mundo, de mejorarlo como sólo ellos saben a través de la ingenua visión que le impulsa a pegar una patada a la piedra con la que tropezó para que el dolor desaparezca. No tardaría en descubrir que el mundo de los adultos requería otro tipo de enfoque.



Como ya dije en el anterior informe, su mayor poder no estaba en los puños, sino en la ingente cantidad de recursos económicos y potenciales que como multimillonario podía utilizar adecuadamente para prevenir la pobreza y dolor en múltiples formas. Sin duda, Bruce lo sabía, pero [b]no era la respuesta a sus deseos.

Era joven y seguía dividiendo el mundo en blanco y negro, dejándose arrastrar hacia la oscuridad para así jugar con ventaja en sus confrontaciones. No era desde un asiento en un despacho como quería calmar su angustia y su rabia, sino con una lucha directa por más simple que se tratara, la eterna demostración de que aquel criminal que asesinara a sus padres ya carecía de poder sobre él como tuvo en su infancia, cuando fue incapaz de defenderse o proteger a sus padres. Cada nuevo malhechor que encontrara, fuera anónimo o un asiduo ocupante de una celda en el Asilo Arham, le evocaría la repetición de su trágico pasado con un nuevo y satisfactorio, aunque temporal, final.

Si algo ha caracterizado la carrera de Batman ha sido los pintorescos personajes que se dejaron conocer en su ciudad y a los que tuvo que hacer frente casi desde el inicio de su bautismo de fuego. Hombres deformes que acogían las burlas de sus iguales para convertirse justo en aquello que le achacaban; trastornos mentales utilizados como excusas para sus desvaríos propósitos; mujeres de espíritu libre e inconformistas para quien la vida era un juego eterno y la ciudad un parque de atracciones; y el Joker.



El Payaso Príncipe del Crimen resultaría la antítesis de Batman, no así de Bruce Wayne. Carecía de moral, de prejuicios o de metas. Simplemente tenía una mente desconectada de la realidad cuyos ojos veían lo que quería ver y cuyos oídos sólo percibían lo que se le antojaba. Como el cobarde que siempre fuera antes de quedar pigmentalmente deforme, ocultó cualquier instinto de recuperación mental entregándose a la locura sin concierto ni lógica. Toda acción inhibitoria fue apagada para dejarse llevar a propósitos tan absurdos como peligrosos. El mundo, las esperanzas, los sueños, el dolor, la vida y la muerte no eran sino una broma eterna. Evitó una lucha contra la realidad hasta el punto de no aferrarse a nada sólido. Si no se luchaba, no se perdía, y así el insignificante hombre que antaño fuera evitó la derrota en su última batalla. Ante él, Batman fue erigido como causa y razón de su locura, una autoridad regidora de ley y orden, un símil a un padre que imponía disciplina y recordatorio de lo que él había apartado definitivamente para siempre de su lado. Vencer a Batman era demostrarse que llevaba razón en su cobardía, de ahí su odio encarnizado al que le recordaba la cruda verdad que con tanto tesón rechazaba con su macabra risa. Sentir empatía hacia el prójimo, luchar por lo que es justo, enfrentarse a la rutina del día a día, asumir responsabilidades, todo ello le superó y su accidente químico le daría la justificación que tanto deseaba. No es Batman quien crea a los monstruos que inevitablemente le rodean, sino que, como comprenderá tras muchos años Bruce Wayne, los monstruos siempre han estado entre nosotros y aparecen cuando nos miramos en el espejo.

Simplemente mirad con algo más de atención la televisión. Niños soldado; padres que prostituyen a sus hijas; mujeres que asesinan a ancianos; hombres que propinan recurrentes palizas a sus esposas; adolescentes que adoran una religión llamada violencia y asesinan a sus compañeros de clase; personas que se automutilan; asesinos en serie. Estos son los monstruos con los que convivimos, los que deberían.



Hay unos pocos que utilizan llamativos disfraces, que reclaman la atención de un poder autoritario para exigir, secretamente, que les detengan porque ellos mismos no son capaces de detenerse. No son los villanos disfrazados aquellos a los que hay que temer, sino aquellos que están entre nosotros y permanecen invisibles. Todos ellos, de una y otra naturaleza, serán el blanco de todo esfuerzo de Batman por muchos años, librando una guerra contra el crimen donde sólo se podían ganar pírricas batallas, pero no la guerra. Así, la lección que aprenderá Bruce Wayne con el paso de los años y que marcará su madurez como persona es que por muchos dementes que arrastre al Asilo Arham no puede impedir el crimen en su ciudad, que no puede salvar el mundo. Que no puede cambiarlo.

La segunda lección llegará después y marcará definitivamente su madurez como persona: No hace falta que lo cambie, sólo que haga lo que pueda. Todo lo que pueda. Sobre los hombros de tantos hombres y mujeres, el “todo” no es sino un “algo” pulcramente cubierto de excusas y mentiras, pero ese mismo “todo” en las manos de un hombre como Bruce Wayne implica una férrea fuerza de voluntad, una inquisitiva inteligencia, una capacidad inagotable de aprendizaje de cualquier tipo de conocimiento útil y toneladas de prácticos artilugios y recursos reunidos secretamente.



La pasión inicial que marcara los primeros años como Batman se iría apagando conforme la experiencia le mostrara las dos lecciones anteriormente mencionadas. No se trataría de una resignación, sino del peso que la verdad impone en un hombre que apenas atisba algo de sabiduría por largos que sean los años vividos. Lejos de perder fuerza, Batman ganaría eficacia y efectividad. Batman, por sí solo, apenas sería una muesca en las hazañas memorables de Gotham, pero, tras aliarse con Bruce Wayne los logros se verían multiplicados.



Batman implica esperanza, ilusión. Es un símbolo reflejado en el cielo por un potente foco, es un rumor que se deforma con el tiempo y distorsiona toda realidad, pero que se expande en víctimas y culpables con distinto efecto. Pero Bruce Wayne, con sus millones, con su invisibilidad, con sus aburridos negocios en los despachos podrá transformar el símbolo y la esperanza en algo tangible, en barrios reales, en tecnología accesible para los más necesitados, en alimentos y medicinas para quien no tiene con qué pagarlo y en centros de acogida para huérfanos.

Así madurará Bruce Wayne, sacrificando la infantil satisfacción de golpear a los villanos con sus puños de acero y deslumbrarse con ese espectáculo llamativo para asumir un modo más apropiado de actuación. Se olvidará de salvar el mundo, de rescatar a sus padres, de abarcar lo que sus sueños le indicaron para convertirse en un ejemplo del poder de la fuerza de voluntad en un hombre entregado al prójimo. Su emblema, el murciélago, será la sombra que acoja a los inocentes y asuste a los malvados.

Nos enseñará que ser un héroe no es volar, lanzar rayos o leer la mente. Él carece de todo ello, pero no importa. Batman tiene los medios para desplazarse a donde haga falta; Batman tiene sus conocimientos en artes marciales y batarangs; Batman deduce las acciones futuras de sus contrincantes en base al lenguaje corporal. Aprenderá a aceptar sus limitaciones así como a enseñarnos los bastos poderes de todo aquel que, de corazón, quiere ayudar a los demás. Bajo su sombra, que aportará más luz que oscuridad, muchos otros se verán inspirados y así el murciélago marcará las vidas de muchos hombres y mujeres.

Otro punto aparte es la relación entre Bruce y sus aliados superhéroes. A diferencia de ellos, Batman carece de superpoderes, lo cual podría considerarse una clara desventaja, pero Bruce, por el contrario, se vale de ello para hacerse más fuerte. Quizás por desconfianza, por introversión o por simple pragmatismo, la relación de Bruce Wayne con los demás compañeros siempre ha resultado distante, fría, salvo contadas excepciones, como es su amistad con Clark Kent que merece una reflexión aparte.



Bruce siente una envidia interna hacia Clark por su faceta de Superman. Batman, sobre todo en los primeros años de su carrera, quiere abarcarlo todo, impedir todos los crímenes, salvar todas las víctimas del mundo, pero carece de tal poder y jamás lo tendrá. Superman sí, o eso cree equivocadamente. Clark Kent, como le costará llegar a entender, no es un dios y tampoco es capaz de obrar milagros como los que Bruce se exige. Está lejos, infinitamente lejos, de ser lo que muchos le aducen, porque su increíble fuerza, su capacidad de volar, sus rayos oculares, su supervelocidad… tampoco significan nada ante un planeta donde los crímenes se cuentan por docenas cada segundo, donde impedir el hambre implica imponer su voluntad y buenos deseos al resto de gobiernos y, que al igual que Bruce, Superman se limita a hacer su parte, es decir, lo que buenamente puede hacer que es mucho en comparación con lo que la mayoría hacemos, pero no es nada en comparación con lo que podría hacer la Humanidad si realmente se implicase.

Es por ello que en un principio surgirá una fuerte rivalidad entre ambos. Batman verá en Superman los poderes que él necesita y, sin embargo, carece; Superman rechazará la presencia de Batman porque es la prueba de que existen lugares oscuros que apenas concibe y quisiera no conocer. Ambos se descubrirán extraordinariamente parecidos, capaces de conocerse mejor que cualquier otro, crecidos bajo infancias y tragedias que marcarán la clase de hombres en que se convertirán como adultos.

Al madurar Batman desprendiéndose de la carga que implica salvar lo insalvable, y al aceptar Superman las debilidades de la Humanidad, su miseria, su suciedad y su Oscuridad, serán capaces de estrecharse la mano, de sincerarse y apoyarse mutualmente, porque, a fin y al cabo, el propósito de ambos siempre fue el mismo desde un principio. Los dos, cada uno a su manera, se sentirán solos en su infancia y adolescencia, pero nunca de una forma absoluta, por más que le pese a uno o más que lo desee el otro. Serán aliados por siempre y ello, aún cuando les cueste reconocerlo, les reportará más de un suspiro de alivio. No en vano, cuando unen sus fuerzas, se convierten en los Mejores del Mundo.

Fuente: Carlos Martí
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